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Discurso de Su Alteza Real el Príncipe de Gales, pronunciado ante la Asamblea Mundial de la Salud: Ginebra, martes 23 de mayo de 2006

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ORGANIZACIÓN MUNDIAL DE LA SALUD 59ª ASAMBLEA MUNDIAL DE LA SALUD Punto 4 del orden del día A59/DIV/7 26 de mayo de 2006

Discurso de Su Alteza Real el Príncipe de Gales, pronunciado ante la Asamblea Mundial de la Salud Ginebra, martes 23 de mayo de 2006

Monsieur le Président, Directeur général par intérim, Mesdames et Messieurs, je vous suis très reconnaissant de m’avoir invité à être parmi vous aujourd’hui, et particulièrement touché que vous ayez souhaité que je m’adresse à une si éminente assemblée de ministres et d’officiels venant de nombreux pays. Señor Presidente, señor Director General interino, señoras y señores, les estoy muy agradecido por haberme invitado a estar hoy con ustedes y me conmueve particularmente que me hayan brindado la ocasión de dirigirme a una audiencia tan eminente de ministros y funcionarios de todo el mundo. Antes que nada en este momento luctuoso, quisiera expresar mi más sincero pésame a la esposa, a toda la familia del Dr. LEE y a todos los que lo conocieron. Tenía sumo interés en volver a reunirme con el Dr. LEE, cuya intervención, por cierto, fue decisiva para invitarme a esta reunión, y la noticia de su muerte prematura me dejó abatido y triste, como a todos ustedes. Señoras y señores, aquellos de los presentes que han tenido el dudoso privilegio de oírme hablar sobre la atención sanitaria tal vez no se sorprendan si ahora les digo que voy a hablar del tema de la integración. Esta Asamblea es de algún modo la encarnación misma de esa idea. Sin embargo, me parece que fuera de esta sala las cosas son - supongo que estarán de acuerdo conmigo - muy distintas. De muy diversas maneras, y durante demasiado tiempo, hemos cultivado una visión peligrosamente fragmentada y abstracta de nuestro mundo, y eso nos ha llevado a prescindir de un acervo muy valioso de conocimientos y sabiduría tradicionales. La consecuencia es que estamos empezando a cosechar el fruto de lo sembrado al haber vivido a costa del capital de la naturaleza y no de sus rentas. Señoras y señores, creo que debemos reconocer la necesidad apremiante de corregir ese equilibrio frágil, pero vital, entre el hombre y la naturaleza mediante un enfoque más integrado en el que lo mejor de lo antiguo se conjugue con lo mejor de lo moderno. Estoy persuadido de que esa exigencia es aun más acuciante cuando lo que está en juego es la salud colectiva de la población de nuestros países. Naturalmente, nada de lo que aquí diga debe interpretarse como si subestimara los extraordinarios logros alcanzados por la medicina moderna, sobre todo a lo largo del siglo XX, en lo que atañe a la prevención y el tratamiento de enfermedades terribles como la viruela o la poliomielitis. El modelo biofísico nos ha funcionado bien, y sigue haciéndolo, con enfermedades como la tuberculosis o la infección por VIH. Pero a comienzos del siglo XXI seguimos amenazados por temibles agentes patógenos de nuevo tipo que amenazan con cruzar la barrera de las especies, por trágicos desastres naturales y por las repercusiones sanitarias de los conflictos militares y las migraciones. Para prevenir y combatir esas causas de su-

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frimiento, debemos superar la práctica de reducirlo todo a sus componentes, y es aquí, a mi juicio, donde la medicina moderna necesita adoptar un enfoque más integrado y holístico. En mi opinión, ello se aplica en particular a las enfermedades de larga duración. He oído hablar de ellas como de una «epidemia invisible», pero las estadísticas las exponen con la misma crudeza que las enfermedades infecciosas. Según la Organización Mundial de la Salud, de los 58 millones de defunciones registradas en el mundo anualmente, nada menos que 35 millones son el resultado de enfermedades crónicas. Esas enfermedades constituyen hoy la principal causa de defunción entre los adultos en casi cualquier país del mundo. En el Reino Unido, el Departamento de Salud ha descubierto que el 80% de todas las consultas son motivadas por trastornos crónicos, desde cardiopatías, ictus y diabetes hasta casos de depresión y adicción. Ninguno de nosotros es inmune a esos problemas. Y es fundamental dejar bien claro que esos trastornos no son simplemente enfermedades de la afluencia. Afectan por igual a ricos y a pobres. Me he enterado, por ejemplo, de que en Nigeria el 35% de las mujeres son obesas. En China 160 millones de personas padecen hipertensión; y en Asia los casos de diabetes aumentarán al parecer en un 90% a lo largo de los próximos 20 años. En el Reino Unido, se prevé que el número de niños obesos se duplicará en la próxima década. Es más, el Jefe Ejecutivo de la Comisión de Auditoría del Reino Unido dijo recientemente que ese mero hecho se traducirá en una reducción de la esperanza de vida global de la próxima generación de británicos adultos. Esas enfermedades no sólo acortan de forma sensibles la esperanza de vida, sino que además comprometen seriamente la calidad de numerosas vidas, haciendo que la gente enferme y se debilite progresivamente. Este avance de las enfermedades de larga duración, creo yo, puede considerarse el resultado de unas visiones fragmentadas de la salud, que a su vez impiden alcanzar esa cualidad aparentemente tan esquiva como es la armonía. Señoras y señores, estoy firmemente convencido de que no debemos ver en la mala salud un problema aislado, sino un problema que es el resultado directo del estado de nuestras comunidades, de nuestra cultura, de nuestro estilo de vida y de nuestra manera de interactuar con el entorno. Nuestra salud es un reflejo de los alimentos que comemos, el ejercicio que hacemos, el agua que bebemos, el aire que respiramos y la calidad de las viviendas y los sistemas de saneamiento. Y creo que el estado de salud depende también de nuestras necesidades y circunstancias sociales, esto es, de la necesidad de pertenencia a una comunidad, y de la necesidad de desempeñar un trabajo útil y dar sentido a nuestra vida cotidiana. La necesidad de disfrutar en la vida de dignidad y amabilidad, de amor propio, de esperanza y, por encima de todo, de armonía y - me atrevería a decir - belleza. Y eso abarca el poder del arte, las propiedades curativas del afecto en las relaciones humanas y el papel del espíritu humano. La salud humana es la suma de todos esos factores. Si reducimos o menospreciamos esos componentes fundamentales de la vida, ¿no estaremos desdeñando acaso lo más peculiarmente humano? Sin embargo, con demasiada frecuencia, se diría que eso es lo que hacemos, un día tras otro. La contaminación de nuestro entorno (en casi todos los sentidos) es un fenómeno generalizado. Tal como señaló en un informe titulado «Sustancias químicas en los productos» Sir Tom Blundell, antiguo Presidente de la Comisión Real sobre Contaminación Ambiental del Reino Unido, «considerando nuestros conocimientos sobre las reacciones de las sustancias químicas con el entorno, podríamos decir que estamos realizando un gigantesco experimento cuyos cobayas son los seres humanos y todos los demás seres vivos». Si envenenamos y contaminamos la tierra, nos envenenamos y contaminamos a nosotros mismos. Los colorantes y aditivos de los alimentos pueden causar muchos problemas de salud en los adultos y los niños; las grasas hidrogenadas y las dietas malsanas se asocian a enfermedades cardiacas y, algo terrible,

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los residuos de los plaguicidas utilizados en la agricultura convencional pueden persistir en nuestro organismo durante años. Al abordar estos temas, debemos estar dispuestos a pensar radicalmente, o como mínimo a trascender el marco de las ideas convencionales sobre la salud. Pienso desde hace tiempo que de alguna manera hemos renunciado al instinto y la intuición, entre nosotros y con el medio ambiente. Ha llegado sin duda la hora de reconocer que la complejidad de las enfermedades crónicas exige soluciones meditadas y multidimensionales. Hemos de replantearnos la manera de cultivar la tierra, de producir nuestros alimentos, de construir las ciudades y de cuidar nuestro precioso patrimonio natural. En el futuro, por ejemplo, no bastará con señalar orgullosamente que un nuevo complejo de viviendas es eficiente desde el punto de vista del costo o del consumo de energía. Habrá que preguntar también ¿es eficiente desde el punto de vista humano? ¿Propicia una mejor salud física y mental, una mayor satisfacción en la vida o una verdadera urdimbre comunitaria? ¿Responde a la necesidad humana de belleza? Puesto que pocas enfermedades crónicas llegan a curarse, es necesario también que reconsideremos radicalmente nuestros objetivos en lo que respecta a mejorar los estilos de vida de quienes las padecen. La necesidad de prevenir el deterioro, de maximizar la calidad de vida y las capacidades funcionales del paciente, exige un planteamiento más holístico, un planteamiento que respete las decisiones, la cultura y las expectativas individuales. Es aquí donde la práctica ortodoxa tiene algo que aprender de la medicina complementaria, Occidente puede aprender de Oriente, y las nuevas tradiciones, de las viejas tradiciones. Durante los últimos 24 años he sostenido que los pacientes deberían poder beneficiarse de «lo mejor de los dos mundos» - el complementario y el ortodoxo - como parte de un enfoque integrado de las prácticas curativas. Muchas de las terapias complementarias de hoy día tienen su origen en antiguas tradiciones que respondían a la intuición de que es necesario que exista equilibrio y armonía entre nuestra mente, nuestro cuerpo y el mundo natural. Desafortunadamente, gran parte de esos conocimientos, basados a menudo en tradiciones orales, están perdiéndose, pero la medicina ortodoxa tiene mucho que aprender de ellos. Es trágico, creo yo - y creen sin duda muchas personas que han estudiado estos temas - que en el apresuramiento por «modernizarse» muchas opciones beneficiosas de probada eficacia han quedado relegadas porque se las consideraba «obsoletas» o «inapropiadas» para las necesidades actuales. Es fácil encontrar ejemplos de ello, sobre todo en los campos de la acupuntura y las medicinas herbarias. Mientras los científicos intentan desentrañar cómo funciona la acupuntura, disponemos cada vez más de datos sólidos, procedentes de varios estudios internacionales, que indican que esa técnica efectivamente funciona, sobre todo en el tratamiento de enfermedades como la osteoartritis de la rodilla. Este remedio puede también, según los datos obtenidos, aliviar las náuseas y los vómitos, tan debilitantes para quienes toman medicamentos contra el cáncer. En el caso de remedios herbarios como el preparado St. John’s Wort (Hypericum perforatum), utilizado ya en la antigua Grecia, unos 30 ensayos clínicos han demostrado algunos efectos positivos en el tratamiento de la depresión no grave, con una incidencia notablemente baja de efectos secundarios. Sin embargo, cabe resaltar la paradoja de que en el preciso momento en que el mundo empieza a reconocer el inmenso valor de esos regalos que nos brinda la naturaleza en beneficio de nuestra salud, los hábitats ecológicos o tradicionales que los producen están siendo destruidos rápidamente. A no ser que tomemos muchas precauciones, las futuras generaciones perderán un sistema esencial para la sustentación de la vida. A mi parecer, señoras y señores, tenemos todos mucho que aprender unos de otros, con independencia de que vivamos en un país próspero o en un país en desarrollo. Hipócrates dijo «Ante todo, no hacer

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daño». Creo que una combinación idónea de remedios complementarios, tradicionales y modernos de probada eficacia, que haga hincapié en la participación activa del enfermo, puede llegar a constituir una poderosa fuerza curativa en este mundo. En todos los tratamientos, rasgos como la compasión, la empatía, el contacto y la comunicación son tan inherentes al arte de las prácticas médicas y curativas como a la naturaleza humana. Un enfoque integrado otorga al individuo los medios y la esperanza necesarios para contribuir a su propia curación. Los médicos y prácticos que adoptan esa perspectiva dedican tiempo, empatía, esperanza y palabras tranquilizadoras - el llamado «efecto humano» - que pueden dar lugar a grandes cambios en el sistema inmunitario. Esos cambios se han demostrado mediante escáneres cerebrales, y aportan claves científicas para determinar cómo influyen las creencias y las emociones en nuestra salud física y nuestro bienestar. Por consiguiente, el «efecto humano» puede tener un papel realmente importante en el proceso global de curación. En el Reino Unido, mi Fundación para una Salud Integrada ha sido el principal paladín de este enfoque integrado durante los últimos 11 años. Otra de las organizaciones que he fundado, el Foro Internacional de Líderes Empresariales, ha colaborado con la OMS en varios proyectos destinados entre otras cosas a buscar alternativas para mejorar la salud mediante una mejor alimentación y una mayor actividad física en varios países. Como parte de la perspectiva adoptada, la Fundación para una Salud Integrada ha fomentado la investigación y la regulación de la medicina complementaria a fin de que los pacientes puedan confiar en su seguridad y eficacia. Me complace que la Fundación esté ahora trabajando también con la Organización Mundial de la Salud y el King’s Fund en Londres en un nuevo proyecto cuyo principal objetivo es estudiar distintas fórmulas para regular la medicina complementaria en todo el mundo. La Fundación ha instituido también un sistema de premios para los proyectos integrados. Recientemente he visitado una zona desfavorecida del casco urbano donde la aplicación de un enfoque integrado, que incluye acupuntura y otros tratamientos complementarios, parece haber sido de especial ayuda para los pacientes con problemas mentales. Recientemente la Fundación ha creado asimismo una asociación de médicos que están poniendo a punto enfoques integrados en todo el Reino Unido. Lo que en otro tiempo se consideraba secundario es hoy cada vez más algo corriente. Llegados a este punto, señoras y señores, la cuestión que me planteo no es ya si los servicios de atención sanitaria deberían estar integrados, sino cómo y con qué urgencia habría que proceder a ello. No es necesario que me crean… basta con que se fijen en las cifras. Por ejemplo, en el Reino Unido, investigaciones realizadas en los últimos años han demostrado que el 50% de los médicos generalistas remiten a sus pacientes a prácticos de medicinas complementarias, y, según algunas encuestas de la BBC, más del 75% de los pacientes desearían poder elegir un tratamiento complementario además del tratamiento ortodoxo para su problema. Confío en que mi Fundación podrá colaborar con otras organizaciones similares en sus países y aprender de ellas. Y es que, como antes he dicho, todos tenemos mucho que aprender unos de otros. El médico Albert Schweitzer, una persona humanitaria, teólogo y Premio Nobel de la Paz, dijo que «el primer paso en la evolución de la ética es el desarrollo del sentido de la solidaridad con otros seres humanos». Pues bien, tengo para mí que ya se han empezado a dar los primeros pasos para compartir nuestras soluciones integradas. Según he sabido, por ejemplo, la Organización Mundial de la Salud ha compilado un Atlas Mundial sobre el uso de las medicinas tradicionales, alternativas y complementarias, una iniciativa de cuyo desarro4

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llo será fascinante poder ser testigos. Creo que eso representa un valioso punto de partida para planificar otros enfoques integrados de la salud en todo el mundo. El caso de la Artemesia es un ejemplo clásico de los progresos a nuestro alcance. Una planta silvestre y largo tiempo utilizada en China para tratar la malaria, la Artemesia es hoy un tratamiento de elección en muchas partes del mundo. Según tengo entendido, además, se está cultivando en África actualmente, y la OMS está trabajando para garantizar que se ponga finalmente al alcance de todos cuantos la necesiten. Me han hablado también de un programa llamado «Puente», una iniciativa de reducción de la pobreza cuyos destinatarios son las familias más pobres de Chile. Adoptando un enfoque holístico que fomenta el bienestar actuando en el campo de la salud, el empleo, la vivienda y la educación, parece que este programa está fortaleciendo la salud en muchas familias que pugnan por zafarse de la pobreza crónica. Mientras tanto en el Reino Unido, el llamado «Beacon Project», en Falmouth, ha demostrado que si apoyamos y empoderamos a una comunidad desfavorecida podemos propiciar numerosas mejoras, entre ellas una reducción de la incidencia de asma y de depresión posnatal, así como una disminución del número de embarazos de adolescentes. Así pues, señoras y señores, trabajando juntos podemos hallar nuevas soluciones creativas para abordar la salud con una perspectiva integrada que abarque políticas nutricionales, médicas, agrícolas, ambientales y sociales. En nuestro combate contra los complejos problemas planteados por las enfermedades crónicas, que podrían muy fácilmente desbordarnos en los próximos años, y en los esfuerzos que estamos desplegando para controlar la crisis ambiental global, necesitamos redescubrir y reintegrar algunos de los conocimientos y prácticas de probada eficacia acumuladas a lo largo de miles de años. No puedo por menos que pedir encarecidamente a todos los ministros de salud, políticos y representantes de los gobiernos que hoy se encuentran en esta sala que abandonen el esquema mental convencional que ve en la salud un asunto que sólo incumbe a los ministerios de salud. En la antigua China sólo se pagaba al médico cuando el paciente se encontraba bien. En los modernos sistemas de salud, es posible que el éxito de su trabajo deba cifrarse tanto en los resultados sanitarios como en la medida en que hayamos conseguido que la salud se convierta en una responsabilidad de todos y cada uno de los ministerios del país. Sólo la reflexión colectiva nos permitirá trazar un panorama cabal de las prácticas curativas en el mundo. Si todo eso no es suficiente, quisiera, si me lo permiten, lanzarles un reto. Creo que sólo la colaboración nos permitirá elaborar las mejores ideas y los mejores planes. A partir de esto tal vez podría proponer un reto que espero, complementará a los Objetivos de Desarrollo del Milenio de las Naciones Unidas. Sugiero que cada uno de los países aquí representados considere la posibilidad de elaborar, digamos durante los próximos cinco años, su propio plan integrado para las actividades futuras en materia de salud y atención; quizás esa labor podría empezar por un estudio piloto o un estudio de viabilidad. Yo diría que esos planes podrían reflejar las distintas culturas y tradiciones médicas de sus países, además de reconocer la importancia de todos los aspectos del medioambiente natural. Los planes, que integrarían los servicios médicos con los enfoques individuales y comunitarios en materia de salud y autotratamiento, podrían basarse en los ejemplos de integración de ambos aspectos que existen actualmente en todas partes. En caso de que decidan elaborar esos planes, ¿por qué no pedir a sus Ministros de Hacienda que cuantifiquen el ahorro de recursos que podría suponer esta nueva manera de abordar las actividades de prevención y curación? A este respecto, tal vez les interese saber que el año pasado encargué la elaboración de un informe para impulsar un debate bien fundado acerca de la eficacia de los distintos tratamientos que podrían re-

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dundar en un ahorro de recursos. En este informe, compilado por el economista británico Christopher Smallwood y publicado en octubre del año pasado, se demostró que los métodos complementarios pueden contribuir a subsanar las deficiencias de algunos tratamientos ortodoxos, en particular con respecto a muchas afecciones crónicas, como la lumbalgia, la osteoartritis de la rodilla, el estrés, la ansiedad y la depresión, y las náuseas y los dolores posoperatorios. No estoy aquí para decirles lo que hay que hacer, sino sólo para señalar que tal vez podrían considerar útil un enfoque de este tipo. Me gustaría que, en su momento, algunos de ustedes me permitieran conocer los logros que hayan conseguido. Señoras y señores, hago estas observaciones porque he tenido la suerte de encontrarme y hablar de la salud con mucha gente en todo el mundo, pero, desde luego, ustedes y sus gobiernos tienen su propio caudal de conocimientos especializados acerca de esta cuestión fundamental. Sólo puedo hacer una pequeña contribución y proponerles un reto y algunas ideas que tal vez podrían ser materia de reflexión en el curso de sus deliberaciones. Ya he dicho que la actual carga de morbilidad de las enfermedades crónicas es, en parte, una consecuencia de haber tratado a nuestro cuerpo y nuestro mundo como un conjunto de componentes separados entre sí. Por supuesto, es inútil lamentarse del pasado. En una ocasión el Primer Ministro británico Winston Churchill escribió lo siguiente: «De algo estoy bien seguro: una batalla entre el presente y el pasado sólo servirá para que perdamos el futuro». Yo diría que ustedes son los guardianes de ese futuro. Todos tenemos la responsabilidad de entender las complejas relaciones que existen entre la salud humana y nuestras distintas sociedades, nuestros modos de vida modernos y nuestros frágiles ecosistemas. Hace muchos siglos Platón dijo: «No se debería intentar curar la parte sin tratar el todo». Muchos siglos más tarde la Organización Mundial de la Salud reconoció este principio en su Constitución, de 1948 (¡por cierto, el año en que nací!), cuando definió a la salud como «un estado de completo bienestar físico, mental y social». Ahora tenemos la oportunidad de redefinir nuestros sistemas de salud para que aporten ese equilibrio y esa integración que el siglo XXI tanto necesita. Señoras y señores, creo que si desarrollamos unos principios rectores y humanos en materia de integración sanitaria, que conjuguen lo mejor de los métodos antiguos cuya eficacia ha podido comprobarse con el rigor de los imperativos científicos y tecnológicos de nuestra era, daremos el primer paso firme para introducir una nueva visión de la futura atención sanitaria en el mundo. Ustedes son nuestra esperanza para cumplir esa misión y les deseo el mejor de los éxitos.

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